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Este es mi hijo amado

Por: Fray Héctor Herrera).- El segundo domingo de cuaresma está marcado por la cruz. Así como Abraham es fiel a Dios que le pide el sacrificio de su hijo Isaac, figura de Jesús (Gn 22,2), quien camina resueltamente a Jerusalén y está dispuesto a morir para darnos vida, fiel a la voluntad del Padre.

Pedro reacciona fuerte cuando Jesús anuncia su muerte (Mc. 8,32). ¿Cómo un crucificado puede ser el Mesías?, si lo decía Dt 21,22-23 es “un maldito de Dios”. Jesús quiere enseñar a sus discípulos Pedro, Santiago y Juan que la gloria pasa por el camino de la cruz.

Mc 9,2-10, escribe el evangelio, probablemente entre los años 65 y 70 para los primeros cristianos quienes se esfuerzan por comprender el camino de la cruz, que es un escándalo y una locura, pero para el que cree es poder y sabiduría de Dios (1 Cor 1,22-23)

El evangelista nos ilumina y ve en la transfiguración la gloriosa resurrección de Cristo. Moisés representa la Ley y Elías los profetas. Ambos sintetizan el AT (Mt 22,40). La propuesta de Pedro: “maestro ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía, porque estaban llenos de miedo” (v.5-6). Pedro quería que se quede en la montaña, como nosotros a veces buscamos la comodidad. Sin embargo, Jesús nos enseña a afrontar las dificultades, porque quería cambiar la vida, la religión y el compromiso de aquel que asume la vida por la salvación de todos, camina resueltamente hacia Jerusalén.

La voz de Dios nos dice: “Este es mi Hijo querido. Escúchenlo” (v.7). Hijo querido o predilecto se refiere a la figura del Mesías siervo, anunciado por Isaías 42,1. La expresión «escúchenlo» evoca la profecía que prometía la llegada de un nuevo Moisés (cf. Dt 18,15). Jesús es verdaderamente el Mesías glorioso, pero el camino de la gloria pasa por la cruz, según el anuncio dado en la profecía del Siervo (Is 53,3-9). La gloria de la Transfiguración es la prueba. Moisés y Elías lo confirman.

Los discípulos miran alrededor y no ven más que a Jesús. En adelante sólo es a Él a quien debemos escuchar y seguir. Porque en Él se manifiesta la gloria de Dios. Él es nuestro Maestro que nos enseña a descubrir la dinámica de la vida. No podemos permanecer inmóviles, paralizados por el miedo, sino buscar la verdad de Dios, allí donde se niega el derecho a la vida, donde la sociedad se vuelve sorda ante el sufrimiento del pobre, cuando en nombre del desarrollo económico se rechazan los valores espirituales y morales, el discípulo está llamado a una misión, iluminar, transfigurar el mundo del egoísmo en una fraternidad solidaria. Porque “Jesús lo hace partícipe de su misión, al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano. De esta manera, como Él es testigo del misterio del PADRE, así los discípulos son testigos de la muerte y resurrección del Señor hasta que Él vuelva. Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana…” (DA. 144).

Escuchar a Jesús hoy, es abrir nuestro corazón y nuestra mente, toda nuestra vida para ser testigos de la Luz en un mundo cada día más necesitado de Él. Porque en Cristo se ha sellado la alianza nueva y definitiva entre Dios y la humanidad. (DOMINGO II DE CUARESMA. CICLO B. D.25.02.2018. MC. 9,2-10.)

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