Santisimo Cuerpo de Cristo(Por: Fray Héctor Herrera)El Dios en quien creemos es un Dios cercano, alegre, canta, ríe, come con nosotros. Cristo es sacramento de Dios, presencia visible del Dios verdadero. “Él es la imagen del Dios invisible” (Col 1,15). La Palabra que se hizo carne. “El que me ve a mí, está viendo al Padre” (Jn 14,9). ESCUCHAR AUDIO

En Cristo Dios se acerca a nosotros. Sana a las multitudes hambrientas, las acoge con ternura Y misericordia. Nos da una misión a los discípulos, como nos dice el evangelio de Lc 9,11-17: “Denles ustedes de comer”. También hoy la Iglesia, que somos todos nosotros, se convierte en signo de comunión, solidaridad y misericordia.

Jesús se sirve de la comida, signo de común unión de personas, que celebran el don de Dios. Él nos reúne en una comida: “vendrán muchos de oriente y de occidente se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de Dios (Mt 8,11). Es la mesa del banquete del reino. Se sirve del pan y del vino, frutos de la tierra, del trabajo de mujeres y varones, humildes y sencillos para transformarse en pan de vida, fortaleza, solidaridad. Es en el sacramento de la eucaristía, donde se da ese signo del reino, que nos une y acerca en una sola fe: “Todos tenían un solo corazón y una sola alma, se reunían para orar, compartir la palabra y partir el pan, y lo compartían según las necesidades de cada uno” (Hech 2,42-47). ¡Qué hermosa lección para los cristianos católicos de hoy.

Tenemos que aprender de los gestos de Jesús ese mandato: Dar el Pan de vida, para unir y sembrar en la comunidad el sentido de responsabilidad hacia el otro, trabajar por la dignidad de cada ser humano. Hacer como Jesús: no excluir, sino incluir a los pobres, cojos y mancos, a los indígenas de nuestra Amazonía. Porque Jesús sufre en su cuerpo que es la Iglesia, cuando este cuerpo es maltratado, despojado de su habitad, cuando no se defiende su derecho al medioambiente, se venden sus bosques o hay una sobreexplotación desmedida de los recursos naturales, ese cuerpo sufre. Jesús, nos está pidiendo escucha, atención, mejorar su calidad de vida. Nada humano es ajeno a Jesús. Él sintió compasión por las multitudes hambrientas de pan y de Dios. Nos dice a sus discípulos: háganlos sentar en la misma mesa: donde todos puedan compartir los bienes de la tierra, del mar, del agua, del aire. Nos invita a levantar nuestra mirada a Dios, para darle gracias por los dones recibidos, que nos de la fortaleza, saber abrir nuestro corazón y nuestra mente hacia el hermano, para convertirnos en samaritanos, en servidores los unos de los otros. Recuerdo a Matilde, como una madre de fe, supo comprender el evangelio del amor como servicio y compartir con el más necesitado. Una pareja, una mujer, un ciego y un niño, tocaron a la puerta: pidiendo un pan, porque tenían hambre. El niño, le dice: no hay pan ni para nosotros. La sabia mujer dijo: hazlos pasar, pueden ser el mismo Jesús que toca a la puerta. ¡Qué profundidad en el corazón del pobre, abierto al Señor y tan lleno de Dios, sabe compartir la ternura, la misericordia y la solidaridad. Entabla una nueva relación, un conocimiento del otro y una necesidad de hacer comunidad, que celebra con alegría que esta memoria de Cristo, que ha sufrido la pasión, la muerte y la resurrección, nos recuerda: “Hagan esto en memoria mía”. En la historia concreta, Jesús nos invita a celebrar el don de la vida. Está allí en la comunidad, que celebra la eucaristía, que se prolonga en su cuerpo que es la humanidad. Cristo es el pan de vida que nutre nuestra fe, que se concretiza en la ayuda al necesitado. Que nuestras eucaristías, sean comidas que reúnen, fortalecen y practican más la solidaridad con amor. (SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO. C.C. COMPARTIR EL PAN. D. 29.5.2016.  LC. 9,11-17)

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