Jesusdignidadalamujer(Por: Fray Héctor Herrera).- Jovencitas de la costa, sierra y selva, son engañadas, buscando trabajo y una vida mejor. Son víctima de la trata de personas. Quienes manejan la minería ilegal en la selva las obligan a prostituirse. Como las mujeres prostitutas en Israel eran consideradas esclavas y socialmente no existían, así se sienten ellas, marginadas, burladas por una sociedad que no protege su vida ni dignidad. El evangelio de Lc 7,36-8,3. ESCUCHAR AUDIO

Jesús entró en casa del fariseo Simón. Una mujer rompe esa barrera de exclusión, se da cuenta de su dignidad de mujer, era maltratada por esos puritanos. Ella derrama el perfume a los pies de Jesús, los seca con sus cabellos y los cubre de besos. El fariseo se pregunta: “si éste fuera profeta, sabría qué clase de mujer es ésta”. Juzga rápidamente, igual que nosotros. Aquel varón importante, cómplice del pecado social, se creía puro, no reconocía su pecado. Jesús hábilmente lo cuestiona a través de la parábola de los dos deudores. Al puritano Simón se le descubre como pecador y a la mujer como la que alcanzó la compasión, la misericordia, la libertad, su compromiso de querer ser una mujer nueva.

Se enfrentan dos mundos: el del puritano fariseo, no siente necesidad del perdón, no se considera “no pecador”. La mujer cuestiona la incapacidad del fariseo, reconoce la necesidad de perdón. Siente en Jesús, comprensión, misericordia, necesidad de cambiar su vida, de reconciliarse consigo misma y la sociedad. Se sintió amada, a alguien que le devuelve su dignidad y reconocimiento como persona.

¡Cuántas veces nosotros, nos creemos honorables personas, llenos de soberbia y de orgullo, que no nos dejamos cuestionar por las personas que consideramos “pecadores”. Y por eso el orgulloso y soberbio no cambia, maltrata, juzga a los demás como incapaces de un cambio de vida.

En el gesto de la mujer de pedir perdón, misericordia y compasión, nos da una lección profunda. Es necesario ver nuestra realidad de pecado para tomar conciencia que no podemos juzgar a los otros negativamente, sino ayudarlos a ser más personas. El gesto de arrodillarse, es un gesto de arrepentimiento y de respeto. El beso significa la cercanía de la amistad con Dios y su amor profundo que cambia su vida.

Hoy nosotros, tenemos que ser capaces de amar profundamente, para poder comprender el perdón y la misericordia de Dios, la capacidad de ser tolerantes con el otro y saber sanar las heridas que nos hacen tímidos y timoratos ante los demás. Como creyentes trabajar contra la trata de personas.

Todos fallamos, pero también tenemos la capacidad de ser más personas, si nos dejamos interpelar por Jesús y emprendemos una vida nueva y distinta.
Sólo el que ama es capaz de reconocerse necesitado de Dios y tener el coraje para comprender y ser tolerantes con los demás. (DOMINGO XI. T.0.C.C. D. 12.06.2016 Lc. 7,36-8,3.)

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