Bienes(Por: Fray Héctor Herrera).- Dos hermanos se pelean por la herencia. Jesús, rehúsa ser juez en una disputa vana. Lc. 12,13-21, nos responde con una hermosa parábola: Un hombre rico se jacta de sus graneros, sus bienes. Ha fijado su vida, en ellos. Está atrapado por sus riquezas. La soledad y la necedad lo acompañan. No se relaciona con nadie. Esta actitud lo lleva a ser insensible, encerrado en sí mismo y a no comunicarse con los demás.  ESCUCHAR AUDIO

Es lo que hoy en día puede pasarnos por la codicia entre hermanos, al interior de un país o entre naciones ricas y pobres: insensibles al hambre y a las necesidades básicas. Hombres sin Dios se endurecen al amor y a la fraternidad. “Tampoco podemos olvidar la degeneración que el pecado introduce en la sociedad cuando el ser humano se comporta como tirano ante la naturaleza, devastándola, usándola de modo egoísta y hasta brutal. Las consecuencias son al mismo tiempo la desertificación del suelo (cf. Gn 3,17-19) y los desequilibrios económicos y sociales, contra los cuales se levanta con claridad la voz de los profetas, desde Elías (cf. 1 R 21) hasta llegar a las palabras que el mismo Jesús pronuncia contra la injusticia (cf. Lc 12,13-21; 16,1-31). (A.L. 26, Papa Francisco). El evangelio de Lucas 12,13-21, nos presenta a un hombre rico. No se condena a nadie por ser rico, sino se cuestiona la insensatez: servirse de las riquezas; encerrarse en ellas, sin comprender que éstas las ha conseguido con el trabajo de los obreros. Se preocupa en ensanchar los graneros, obtener más dinero, sin pensar en los que sufren hambre, en mejorar la calidad de vida. Este hombre es un triste prisionero de sus bienes. Se engaña, pensando que así tiene asegurada su vida. Dios le habla: “Necio, esta misma noche vas a morir. Lo que has acumulado ¿para quién será? (v.20). Ha puesto su seguridad en el tener y no en ser persona. Se afana por poseer, acumular, en vez de crecer como ser humano. Cree, como algunos hoy, que el dinero lo puede todo. Está solo y se comunica con su dinero. Podemos tener muchas riquezas y ser vacíos por dentro. El egoísmo de acumular los propios graneros nos deja sin Dios. Lo sustituimos por el ídolo de la codicia.

Jesús nos enseña a vivir nuestra vida con sentido, porque quien pone su confianza y su alegría en la acumulación de riquezas: está perdiendo su propia vida, porque confía en las seguridades terrenas. La felicidad está en Dios que quiere a todos sus hijos. Cuando la riqueza es mal adquirida es una ofensa contra Dios y los pobres. Todos queremos ser felices. Pero hay más felicidad en dar y en compartir. Esta felicidad nos lleva a tener libertad de espíritu, disponibilidad, apertura y confianza ante Dios de quien esperamos la salvación, y el sentido de responsabilidad social, compartir con los que no tienen, respeto a los derechos de los demás sobre todo de los más pobres. Sólo un corazón sincero nos liberará de los ídolos del poder y del dinero. Pablo, nos recuerda: “ya que han resucitado con Cristo, aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Revístanse del hombre nuevo (Col.3, 1.10) La codicia nos lleva a la muerte. El compartir da sentido a tu vida: “Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia"(San Gregorio Magno). Ojalá cada uno pensemos en el tesoro que es Dios, poniendo nuestra confianza en El. Y no en las cosas materiales que son caducas. (DOMINGO 18 T.O.C. D. 31.07.2016 LC. 12,13-21)

   

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