| María: fuente de Salvación (Jn 19,25-37) Fiesta Virgen de la Puerta 4/12/09 |
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MARIA FUENTE DE SALVACION Jn 19,25-37 PARROQUIA VIRGEN DE LA PUERTA. Chimbote 04.12.09
Imaginémonos a María, la preferida del Señor, como una de nuestras jovencitas que en las aldeas van al pozo con su cántaro a sacar el agua. Con alegría conversan con las mujeres. En su alegría hay una esperanza profunda ¿Cuándo se cumplirán las promesas de nuestros Dios?. Y un buen día esta joven nazarena, escucha que en ella se cumplen las promesas de este Dios que es fiel con su pueblo: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del profeta: Mira, la Virgen está embarazada, dará a luz a un hijo que se llamará Emmanuel –que significa: Dios con nosotros-“(Mt. 1,22-23). Ella se convierte en fuente de salvación. Por que el Señor que es nuestra justicia, ha entrado en la historia humana, para compartir nuestras alegrías, luchas y esperanzas. Ella es la madre de la esperanza y la figura principal en este tiempo de Adviento, porque nos enseña a escuchar la Palabra de Dios, que con su aceptación nos abre un nuevo camino en la historia, que ese Dios en quien creemos es cercano a nosotros, que su misericordia se derrama de generación en generación para los que caminan rectamente en su presencia. María es madre de la esperanza, porque nos enseña que la salvación de Dios se traduce en hechos concretos que apreciamos y hacemos a través de la historia. Que el derriba a los soberbios y poderosos de sus tronos de dominación y de opresión, para liberar a los pobres y dar vista a los ciegos, para llenarnos de un espíritu de vida, de fortaleza y de ciencia a los que buscan sinceramente crear una humanidad nueva libre de las ataduras de la muerte. Ella era consciente que su hijo Jesús: Salvación nuestra, sería rechazado por los que se oponen a la verdad y a la luz. Y por eso la vemos fiel compañera y discípula de su hijo al pie de la cruz. Veía con dolor de madre, como lo vivieron nuestras madres en las serranías de los andes, ver a sus hijos muertos, enterrados en fosas comunes y que gracias a la Comisión de la Verdad y Reconciliación, por lo menos algunos pudieron sepultar sus restos después de años de muertos desaparecidos. Y que hoy quieren una reparación moral de este país, que inclina su cabeza reverente al paso del crucificado. Pero que desde la cruz nos sigue enseñando: Madre he ahí a tu hijo. Hijos he allí a su madre. Aprendan desde el dolor a resucitar a la alegría, de la muerte de la injusticia, desde la prepotencia y la arrogancia a la alegría de la resurrección. Jesús sabe que aparentemente todo ha terminado. Su sed de verdad, de amor, de reconciliación, de establecer relaciones más dignas y humanas se apaga, cuando no nos escuchamos y se responde con la prepotencia de la muerte y del miedo, como decía un misionero dominico Fr. David Martínez de Aguirre, frente a los sucesos de Bagua: “el mundo occidental desconoce totalmente el mundo indígena, y mientras los pueblos indígenas si mantienen una postura dialogante y abierta de encuentro hacia el otro, el mundo occidental se cierra herméticamente a dialogar…En el fondo, creo que ésta es la verdadera causa de esta masacre, nuestra incapacidad de descubrir la grandeza y el gran aporte que estos pueblos suponen para el Perú y para el resto de la humanidad” La sed de Jesús, está unida a su espíritu. El entrega su espíritu a los que creen en El(Jn 7,39), a María y al discípulo amado. El Espíritu es el puente entre Jesús muerto y resucitado. El nos da su espíritu para salir de esa muerte dolorosa, a una vida nueva: ser constructores de ese reino de justicia y de dignidad de toda persona, para que aprendamos de los hechos dolorosos a que nunca más se repitan. La última acción al pie de la cruz, es cuando el soldado le abrió el costado con una lanza y brotó sangre y agua. Sangre y agua significan los sacramentos de la eucaristía y del bautismo, signos de salvación que nos hacen nacer a una vida nueva con Cristo y alimentarnos para compartir el gesto del amor y de la solidaridad como el samaritano. María “tuvo una misión única en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañando a su hijo hasta el sacrificio definitivo…Junto con los discípulos cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano que la identifica hondamente. Como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios. En María, nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo con los hermanos”(D.A. 267) (Fr. Héctor Herrera, o.p.) |